Explorar el inmenso y prolífico caudal de nuestro José Martí, es una tarea sumamente reconfortante, que ejercita el espíritu y nos proporciona una nueva dosis de aliento para enfrentar las adversidades presentes y futuras. Es fascinante navegar y absorberse en la amplitud del espectro del pensamiento martiano, en la profundidad de su ideario y en su constante y objetiva visión de la realidad. Son estas razones las que nos han impulsado a exponer en estas pocas cuartillas algunas consideraciones a partir de reflexiones y propuestas del autor intelectual del ataque al Moncada, sobre la educación, la agricultura y el conocimiento, reflexiones que se interrelacionan y viajan desde el pasado hasta nuestros días y aún más: hacia el futuro.
Extremadamente valioso, vigente y proactivo es el pensamiento martiano relacionado con la agricultura. Sin lugar a dudas estamos en presencia de una prosa profética, no basada en el alumbramiento divino; sino en el conocimiento, el razonamiento y en la inteligencia de uno de los hombres grandes de nuestra América. Martí firmó para la posteridad el postulado de que «La agricultura es la única fuente constante, cierta y enteramente pura de riqueza». Postulado que en los momentos actuales cobra un valor práctico tremendo, esta frase, célebre por la certeza de su fundamento, parece haber sido escrita ayer. Es una lástima que no hayamos sabido apreciar enteramente, en su total magnitud esta máxima y que aún no hayamos interiorizado y valorado de la forma más objetiva posible su significación.
Hace algunos años, asistí a una reunión de directivos agrícolas, allí, uno de los presentes sentenció con firmeza: “la educación y la cultura son sin dudas necesarias, pero la agricultura garantiza la vida y sin vida no hay educación ni cultura” , me pareció en aquel momento un señalamiento genial que no he olvidado y que coincide con lo afirmado por el apóstol cuando afirmaba: «… al progreso agrícola deben enderezarse todos los esfuerzos. Todos los decretos a favorecerlos, todos los brazos a procurarlo, todas las inteligencias a prestarle ayuda». Aseveraba Martí que la posesión agrícola era la garantía de la paz para todos nuestros pueblos, que los pueblos desocupados se truecan en guerreros de oficio; mientras que los espíritus puestos a trabajar sobre la tierra sabrían sacarle frutos maravillosos, sin irse al logro fácil de los combates y las contiendas políticas. Insistía además en la necesidad de la preparación óptima de la tierra para la siembra, aún en las tierras más fértiles, y reconocía que incluso, en países exuberantes, se distinguía el fruto sembrado en tierra cuidada. Reflexiones estas, que todavía merecen, en nuestro contexto agrícola, una mayor atención en la práctica cotidiana para alcanzar resultados satisfactorios.
En su insuperable artículo “Maestros ambulantes” Martí deja para la posteridad postulados que no podrán soslayarse ahora ni en el futuro, que deben permanecer como guías infalibles para el desarrollo social y agrícola de nuestros pueblos. En estas páginas aparece su máxima “Ser culto es el único modo de ser libre» que ha formado parte inseparable del proceso educativo y de enseñanza múltiple, desarrollado por nuestra revolución en estos últimos 50 años. Agregaba nuestro apóstol que «La escuela ambulante es la única que puede remediar la ignorancia campesina» y que «… en campos como en ciudades, urge sustituir al conocimiento indirecto y estéril de los libros, por el conocimiento directo y fecundo de la naturaleza». Desde el ya lejano siglo XIX en el pasado milenio, Martí como siempre miraba a través del horizonte hacia el futuro, hacia los días que vivimos en la actualidad, porque estas ideas, qué son, sino la base del extensionismo agropecuario, de la utilización de los recursos locales y de la innovación campesina, de las escuelas de agricultores donde se aprende desde el surco, conjugando el saber científico con el caudal de experiencia de los productores, para provocar y concertar un intercambio donde todos aprendemos y contribuimos a la construcción de una realidad mejor.
Sabias y de incalculable vigencia son estas valoraciones martianas. «Se pierde el tiempo en la enseñanza elemental literaria, y se crean pueblos de aspiradores perniciosos y vacíos. El sol no es más necesario que el establecimiento de la enseñanza elemental científica» y «En los pueblos que han de vivir de la agricultura, los Gobiernos tienen el deber de enseñar preferentemente el cultivo de los campos. Se está cometiendo en el sistema de educación de América Latina un error gravísimo: en pueblos que viven casi por completo de los productos del campo, se educa exclusivamente a los hombres para la vida urbana, y no se les prepara para la vida campesina».
Estos certeros criterios expresados hace más de cien años deben ser revisados nuevamente y tomados en cuenta con toda seriedad por las personas encargadas de diseñar las estrategias y las políticas agrícolas y educacionales, pues hemos cometido errores y continuamos fallando en decisiones y estrategias que debieron tomar un mejor derrotero. En algún momento hemos olvidado la importancia de la agricultura, la necesidad de potenciarla, de dedicarle una buena parte de nuestras energías y se ha abandonado la enseñanza agrícola, no se han priorizado programas que vinculen y aproximen los niños a la realidad rural y a su desarrollo y ha faltado la formación vocacional en materias agropecuarias. Todos los estudiantes no pueden, al final de su carrera, ser doctores, sicólogos, científicos, arquitectos, porque la tierra necesita manos y mentes para progresar.
Martí no deja de insistir en que esta enseñanza agrícola es urgente y debe estar signada por la práctica en estaciones de cultivo, donde no se describan las partes del arado sino que estemos junto a él manejándolo para enfrentar la realidad agrícola de nuestros tiempos. Fiel a sus propias ideas Martí ha pensado en el público, ha visto el futuro y ha señalado los peligros, nos ha dado las herramientas teóricas para precaver y no tener que curar, ha señalado el mal y aparejado a este nos ha puesto en las manos el remedio; sin embargo no hemos sido capaces de reconocerlo, aplicarlo y extenderlo con la eficiencia y la rapidez que en los momentos actuales se precisa.
Son incalculables e igualmente valiosos los pronunciamiento martianos relativos a la educación y a la necesidad del conocimiento, de la aplicación de la ciencia y la técnica, pudiera pensarse que Martí nos habla desde la tribuna improvisada de estos tiempos, donde muchos intelectuales y eruditos consideran que estamos viviendo la era del conocimiento. Por eso afirma nuestro apóstol que “la educación copiada de los tiempos viejos, con menguadas e ineficaces reformas, no puede favorecer el desarrollo de las fuerzas nuevas, cuya existencia, empleo y tendencia no figuran como elementos del sistema de educación que ha de enseñar a manejarlas” y nos llama a adecuar la enseñanza y el aprendizaje a los retos de esta nueva era, a profundizar en nuevos métodos y técnicas para hacer llegar el conocimiento, las prácticas, las capacidades y las habilidades a quienes deben desempeñarlas para bien de nuestro pueblo.
Por esta razón insiste en que «No deben enseñarse reglas sino resultados. Hay que crear, sí, escuelas normales; pero no escuelas normales de pedantes, de retóricos, de nominalistas; sino de maestros vivos y útiles que puedan enseñar la composición, riquezas y funciones de la tierra, y las maneras de hacerla producir y de vivir dignamente sobre ella, y las noblezas pasadas y presentes que mantienen a lo pueblos, preservando en el alma la capacidad y el apetito de lo heroico».
Puntualiza Martí en la diferencia existente entre la instrucción y la educación, donde la instrucción se ajusta al pensamiento y la educación a los sentimientos, pero sin dejar de reconocer que no puede existir educación sin instrucción, pues considera que las cualidades morales tendrán un mayor valor cuando van acompañada de la inteligencia, en estos aspectos debemos continuar trabajando para lograr que los más idóneos se desempeñen en los puestos claves y permitir que las personas se afiancen en las tareas donde su inteligencia y habilidades los hagan más eficaces, lo que tiene relación directa además con la necesidad de poner los recursos en manos y mentes que logren transformarlos en bienes útiles para la sociedad.
Ha sentenciado Martí “El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama el trabajo y debe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque» pero debemos tener mucho cuidado para que la masividad y la mediocridad no interfieran; las cifras, algunas consignas y metas pueden perderse en la marea del recuerdo y dejar una amargo sabor; los resultados concretos, las soluciones a los problemas cada vez más crecientes de la sociedad sobreviven a todo y debemos trabajar para preservarlos, incentivarlos y situarlos en el lugar que merecen.
Martí fue capaz de dejar para la posteridad razonamientos tan de hoy como “Tales van los tiempos que el libro, que es mozo de mañana, ya peina canas por la noche. Si es libro de ciencia, cuando acaba de imprimirse ya resulta viejo. Se ha de llegar a lo que la época necesita: el libro diario» Esas palabras proféticas del apóstol son una realidad que no podemos apartar, cuando en el pasado milenio el conocimiento humano se duplicaba en cientos de años, esto sucede hoy en apenas un año, y un producto o servicio es innovado y mejorado en unos pocos días y a veces en horas, de ahí la necesidad de la mejora continua, de planear estratégicamente nuestras acciones, pues el entorno avanza a una velocidad vertiginosa y si nos detenemos en la duda podemos quedarnos anclados en el pasado, y el pasado no son cien años, puede ser cuestión de meses, semanas, días.
Leer a Martí es sin lugar a dudas una travesía asombrosa por el mundo del saber, de su ideario podemos inferir que pueden quitarnos los bienes terrenales, la vida incluso, pero nunca podrán arrancarnos el conocimiento, la sabiduría que hayamos sido capaces de adquirir en la vida, lo cual se argumenta en esta afirmación de apóstol “El que sabe más, vale más. Saber es tener. La moneda se funde, y el saber no. Los bonos, o papel moneda, valen más, o menos, que nada: el saber siempre vale lo mismo, y siempre mucho. Un rico necesita de sus monedas para vivir, y pueden perdérsele y ya no tiene modos de vida. Un hombre instruido vive de su ciencia, y como la lleva en sí, no se le pierde, y su existencia es fácil y segura».
Martí no puede concebir la enseñanza como un privilegio, sino como un derecho que debe otorgarse a pobres y ricos por igual, sin distinción de razas o de mezquinas opiniones, advierte que “La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud” y reconoce que en pago a la educación recibida el hombre queda en deuda con la educación de los demás. Para este increíble pensador los hombres ignorantes van en camino de ser bestias, mientras que los hombres instruidos en la ciencia y además en la conciencia, están en el camino de ser dioses, por la fuerza y el valor que otorga a la sabiduría humana. Por eso agrega que a los pueblos ignorantes se les puede enseñar con la superstición y hacerlos serviles, mientras que los pueblos instruidos serán siempre fuertes y libres, por esa y otras razones propone «Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica: que en vez de la historia de Josué, se enseñe la formación de la tierra».
En su acertada opinión es hora ya de que los hombres crezcan de modo visible y no físicamente, sino porque hayan aprendido algo nuevo, porque hayan hecho algún bien, que no se limiten a pasar dormidos sobre la tierra, sin saber de sí, que no continúen siendo máquinas de comer y relicario de preocupaciones y se conviertan en antorchas que procuren luz y calor al porvenir de sus naciones.
Martí no puede concebir la enseñanza circunscrita a saber leer, escribir y contar, pues de este modo “la inteligencia no queda disciplinada, ni el carácter dispuesto, para entrar con poder y conocimiento en la faena de la vida», para él «El verdadero objeto de la enseñanza es preparar al hombre para que pueda vivir por sí decorosamente, sin perder la gracia y generosidad del espíritu, y sin poner en peligro con su egoísmo o servidumbre la dignidad y fuerza de la patria».
Si profundizamos en el ideario martiano nos damos cuenta de que Martí fue un hombre de ciencia, que incluso dio su versión sobre este concepto: «Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí». No en vano nuestro comandante señaló hace muchos años que el futuro de nuestro país tenía que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia, afirmación que lo integra aún más a su filiación martiana. Martí identifica a la ciencia como algo trascendental, como la verdad única, generadora y matriz de todo género y toda clase de verdades» y disfruta y considera hermosa la literatura encerrada en un párrafo de contenido científico. Insiste en la necesidad de amenizar la ciencia y generalizarla, en que los preceptos científicos tengan un amplio debate, que se le busque de buena fe solución a cada conflicto y no se deje caer a la vida nacional en la inactividad y el letargo. Asevera el apóstol que “Ciencia y libertad son llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero”.
Innumerables consejos y recomendaciones fluyen en la prosa martiana como manantiales después de las abundantes lluvias que dejan los huracanes en el caribe, para él, la ciencia y las letras doman las pasiones que engendra la política; para él, es necesario poner la ciencia en la lengua diaria, lo cual no es un quehacer usual, y estima que la ciencia no debe ser privilegio o prerrogativa de unos pocos sino posibilidad de panes y peces multiplicados a favor de la humanidad toda. No ha olvidado entre sus múltiples aportes el cuidado de la naturaleza y la contribución consciente que debe dar el desarrollo científico a la paz y la armonía en la vida de los hombres.
La obra martiana es inmensa en su magnitud y profundidad, analfabeto puede considerarse aquel que no haya llegado a esas páginas maravillosas salidas de su pluma, tanto en verso como en prosa; su vigencia está asegurada por siglos, porque la sabiduría no puede encerrarse en cárceles, ni borrarse, ni incinerarse, porque renace como Ave Fénix con más fuerza desde sus propias cenizas, así de grande es el ideario martiano, así de vital para estos momentos difíciles que vive la patria, en los cuales no debemos olvidar, que hay mucho del camino a seguir en el futuro, en esas páginas amarillas que superan los cien años de edad, pero que siguen marcando el camino a la aurora y que debemos llevar en el pensamiento y en el corazón para enfrentar los nuevos desafíos de la historia.